Decisiones emocionales. La emoción en los procesos de toma de decisiones.

emoción razónHistóricamente (que seria y formal queda esta palabra como inicio de un texto), o al menos en los últimos siglos, la decisión, o el proceso de toma de decisiones ha sido considerado como algo vetado para la emoción o los procesos emocionales. Decidir era (aún hoy lo es) algo propio de la razón y no era el momento de dejar que las emociones condicionaran o mediaran de manera alguna en esta toma de decisiones. Seguro que te suenan consejos/sentencias tales como: “no te dejes llevar por los sentimientos/emociones” “piénsalo fríamente”, “decide con la cabeza y no con el corazón” y/o algunas otras donde el mensaje es claro: haz todo lo que esté en tu mano para dejar fuera de juego a tu lado emocional y centrarte así en escuchar a tu razón.

Desde diversas disciplinas, como la neuropsicología y la neuroeducación, entre otras, están apareciendo estudios científicos (y serios) que muestran la imposibilidad de separar la emoción y la razón en proceso alguno. Tampoco es posible, por tanto, separar lo emocional y lo racional en el momento de tomar una decisión.

En realidad, estos estudios presentan evidencias acerca de que en los casos en los que es posible que la razón funcione de manera aislada, por ejemplo en personas que han sufrido algún accidente que ha generado esa desconexión, se toman peores decisiones que cuando ambas operan juntas. Es algo así como que la emoción elige y la razón justifica y encuentra las “razones” (si me permites la redundancia) a esa decisión. En resumen, si sólo fuera posible decidir exclusivamente con la razón, tomaríamos peores decisiones.

Sin embargo, aún nos cuesta percibir con claridad esta relación y mucho más prestar atención a nuestras emociones cuando de decidir se trata. Aún hoy consideramos que la emoción entorpece o distorsiona nuestra capacidad de decidir, cuando es justamente al revés: nos aporta luz y claridad acerca de lo que queremos para nosotros.

Si me lo permites, quiero ponerte como ejemplo una decisión, o más bien un conjunto de decisiones, que tome en septiembre de 2016: llevo años deseando trabajar como docente e investigador en la universidad, y una vez presentada mi tesis doctoral confiaba en obtener alguna oportunidad. Y esta oportunidad llegó, pero llegó a 260 km de casa.

En lo profesional, aceptar esta oportunidad suponía renunciar a parte de mi jornada de trabajo habitual, decir que no y limitar (aún más) el número de personas con las que trabajar desde mi proyecto de coaching (este que estás leyendo), limitar el número de talleres (que me encantan) que implementamos, hacer más de 1000 km a la semana, renunciar a un proyecto con uno de mis referentes (mil gracias Silvia)  y una compañera excepcional (mil gracias Zoubeida), por no entrar a valorar el aspecto económico, que no compensa de manera alguna. A cambio, la oportunidad de comprobar si de verdad me gustaba el mundo de la docencia universitaria y mejorar algo mi curriculum. Desde la razón, pura y dura, la decisión era clara: No aceptar la plaza. Además, aparecía también el miedo a no hacerlo bien, a fallar, a fracasar o a abandonar.

En lo personal, la cosa estaba menos clara: menos tiempo para deporte y ocio para no disminuir el tiempo con mi pareja y mi hija a cambio de la oportunidad de hacer lo que deseaba, de sentir felicidad también en ese ámbito, de arriesgar y tener la sensación de realmente hacer todo lo que está en mi mano para conseguir lo que decía querer conseguir. Y de volver a mi facultad ahora como docente, de trabajar con futurxs educadorxs en el grado de Educación Social de Cuenca (ahí estaba, y está de momento, mi plaza). Y acepté. Y no mucha gente lo entendió, pero si que tuve el apoyo de todxs los importantes para mí, especialmente de mi pareja.

Y contra todo pronóstico desde la perspectiva de la razón, está siendo una experiencia fantástica (incluso muchos de los ratos en el coche): alumnxs geniales (y comprensivos con mi inexperiencia); compañerxs de “pasillo” estupendxs, la mayoría de ellxs ya fueron estupendoxs profesores míos en mi etapa de alumno (mil gracias Asun); una oportunidad para crecer personal y profesionalmente; y sí, también parece que mi curriculum ha mejorado. Y la única de las razones de la razón parecer ser ahora lo menos importante de la experiencia, al tiempo que lo emocional es lo que está haciendo realmente especial esta oportunidad.

Y ahora que está a punto de terminar, al menos la primera parte, entiendo que fue mi lado emocional quién tomó la decisión, y después, la razón quién me ayudo a entender y comprender mi decisión, también quién me proporcionó alguna pista para justificar esta aparente locura y quién, al final, no hizo más que lo que la emoción le dictó.

Y ahora, después de esta experiencia entiendo que siempre ha sido así: mis emociones decidieron y mi razón justificó, simplemente que no siempre decide la misma emoción.

Y todo esto ¿para qué? puede y supongo que te estarás preguntando. Pues simplemente porque necesitaba dar públicamente las gracias a esas personas que están haciendo de todo esto algo muy gratificante y enriquecedor, pero sobre todo porque quiero proponerte que, puesto que la emoción es determinante en todo proceso de toma de decisiones, le prestes más atención, te escuches más en ese lado a menudo desdeñado y no pretendas dejarlas de lado, porque simplemente no es posible, y además es mejor para ti que no se pueda.

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