Primer año de vida. Ejemplo de modelo de gestión emocional y de comunicación.

emociónrazónSigo con nuestra hija, que acaba de cumplir un año y me/nos sigue mostrando cuán equivocados estamos los adultos en según que aspectos. Escribo esto por que ella, y las personas de su edad, parece que no se equivocan en su comportamiento (otra cosa es que aún no tengan la habilidad/capacidad para hacerlo), no fallan en la elección de la emoción que mejor responde a su situación, no dudan, no amontonan represión ni frustración, sólo expresan y hacen lo más adecuado en cada momento, según las herramientas de las que disponen ¿acaso se puede ser más emocionalmente inteligente? Mi respuesta es que no. Pienso que en el futuro no seremos tan capaces, tan hábiles en la gestión emocional como en estos años.

En el caso concreto de Alma, el bebé que más (y único) conozco, es completamente capaz de expresar sus emociones sin lugar a error. No sólo las expresa, también tiene la habilidad (¿innata?) de comunicarlas con las herramientas de las que dispone en este momento de su vida: un año recién cumplido. Alma sonríe, ríe, “baila”, grita cuando esta contenta, alegre, tranquila y/o feliz (y escribo de forma consciente está en lugar de es, explicación de algunos/muchos de nuestro males adultos). Por el contrario llora con decenas de matices diferentes, grita de otra forma, pega golpes y patadas, tira las cosas cuando está triste, enfadada, se siente sola, siente dolor, tiene miedo (por cualquiera de las causas anteriores) se frustra o necesita comunicarnos que tiene hambre o sed o que necesita ser cambiada de pañal. Y no falla nunca. Activa la emoción y la respuesta emocional más adecuada en cada momento, la que mejor responde en cada momento, la que más posibilidades de éxito presenta en cada situación. Alma no sonríe, ni se fuerza a sonreír si esta enfadada: grita o llora, o las dos a la vez. Alma no reprime sus ganas de bailar, reír o gritar si esta contenta o feliz, simplemente lo hace. Su sistema emocional funciona a la perfección.

Alma usa su cuerpo de forma magistral para comunicar sus emociones, apenas necesita articular sonidos y, en todo caso, no es el sonido o sílaba en sí lo que ella usa para darnos la información, sino todo lo que hay alrededor de ese sonido: tono, volumen, expresión corporal o intensidad. Hay algo más. No sólo es capaz de expresar lo que siente con sus “escasos” utensilios emocionales y hacernos entender lo que siente, necesita o quiere (después de un periodo de aprendizaje nuestro, no de ella). También es capaz de reconocer muchos de nuestros estados emocionales, o al menos, los más importantes para ella: Sabe si mamá o papá están contentos, cansados, alegres, enfadados, asustados o agotadísimos. Y todo esto lo sabe sin entender nada de lo que le decimos, sin conocer el código lingüístico que usamos. Le sobra con entender, detectar y percibir nuestras expresiones, gestos y ademanes y estar atenta a lo que acompaña a nuestras palabras, que no las palabras en sí.

Entonces, si cuando tenemos un año, o menos, tenemos esa capacidad de reconocer, identificar y expresar emociones ¿qué sucede cuándo crecemos? Sucede que aprendemos. Sí, a pesar de que pueda sonar a contradicción, cuando crecemos aprendemos decenas de ideas, contenidos, juicios, formalismos o tradiciones que nos alejan de la “perfección” con la que nacemos. De repente reír, bailar o llorar ya no está bien en según que momento o lugar. Ahora hay que tener miedo a esto y aquello y alegrarse por lo otro. Ahora tienes que odiar a ese o aquel y sentir asco por lo de allí. Un montón de aprendizajes que nos alejan de nuestro primer y mejor modelo de gestión emocional y comunicación que jamás tendremos. Y el problema no es el aprendizaje, o aprender, ni el lenguaje oral. El problema es lo que aprendemos, lo que quieren que aprendamos y lo que consideran que debemos aprender.

El sistema educativo tiene unas expectativas sobre lo que la persona debe de ser: y para eso trabaja a pesar de los intentos por innovar y cambiar lo que, es evidente, no funciona. Propuestas de incluir el trabajo emocional en un modelo basado en el uso de la razón (como si emoción y razón se pudieran separar) que, en mi modesta opinión, no funcionarán en tanto no se reconozca o perciba la imposibilidad de no sentir y se coloque la emoción, y la razón si se quiere, en el centro de los contenidos educativos, al menos en los primeros años de vida. El modelo sociocultural actual funciona y se mantiene gracias al tipo de personas en las que nos convierte, y se ocupa, justamente, de asegurarse su existencia y desarrollo formando a ese tipo de personas, usando para ello todos los medios de los que dispone (que no son pocos). Madres y padres bombardeados con decenas de informaciones acerca de lo que su hija o hijo debe de ser, cómo debe de ser, cuando esos bebes no son, apenas se comportan, y lo hacen de la mejor forma que nunca lo harán: desde la emoción y la satisfacción de sus necesidades más básicas.

 

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